Jazzaldia: mucho más que un festival, un rito de iniciación
Jazzaldia siempre estuvo ahí, como un rumor de verano mezclado con salitre, conversaciones de bar y noches que se alargan sin pedir permiso. Al principio, para mí, no era más que ruido de fondo: trompetas que sonaban raras, saxos que parecían discutir entre sí y baterías que iban por libre. No me gustaba una papa lo que allá sonaba. Yo era de canciones fáciles, de estribillos que se repiten, de lo que entra sin esfuerzo.
Pero el jazz, cuando se te mete de verdad, nunca entra a la primera. Llega de soslayo, por insistencia, por contagio. Y en mi caso llegó, sobre todo, por culpa de mi viejo.
De crío, mi viejo y los conciertos obligatorios
De crío, mi viejo me empujaba a los conciertos del festival como quien lleva al niño al dentista: con paciencia, con cariño, y con la firme convicción de que, aunque protestes, al final te va a venir bien. Yo me quejaba, ponía caras, preguntaba cuánto faltaba para irnos. Él, en cambio, se acomodaba en la butaca con una sonrisa tranquila y esa mirada que decía: "Algún día lo vas a agradecer".
Al principio todo me sonaba igual: solos interminables, temas sin letra, músicos que parecían más pendientes de hablar entre ellos que del público. No entendía por qué mi padre se quedaba tan embobado mirando a un saxofonista cerrar los ojos en mitad de un solo. Para mí, el jazz era un idioma extranjero, uno que nadie se había tomado la molestia de traducirme.
La oreja en leche divina: Stan Getz, Miles y el clic definitivo
La revelación no llegó de golpe, sino de tanto remojar la oreja en leche divina. Disco a disco, tarde a tarde, mi padre iba dejando caer nombres como quien siembra sin prisa: Stan Getz, Miles Davis, Coltrane, Bill Evans. Llegó un momento en el que aquellas portadas, aquellos apellidos, ya no eran desconocidos; empezaban a ser parte del mobiliario sentimental de casa.
Hubo un día en concreto, una tarde de lluvia, en que todo cambió. Sonaba un disco de Miles, de esos que te ponen la carne de gallina y los pelos tiesos como estacas. No sabría decir si fue un bloque de trompeta sostenida, un silencio en mitad del tema o el modo en que el piano contestaba a cada frase. Solo recuerdo que, por primera vez, no pensé en si el tema era largo o corto, si había letra o no la había. Me quedé quieto, escuchando, como si alguien hubiese decidido bajar la velocidad del mundo.
Ahí entendí que el jazz no exigía comprensión inmediata, sino rendición gradual. No se trataba de saber teoría, ni de identificar acordes, sino de dejarse atravesar por algo que ocurre entre nota y nota, entre músico y músico, entre escenario y butaca.
Jazzaldia como banda sonora de una ciudad
Desde entonces, Jazzaldia dejó de ser un simple festival para convertirse en una especie de brújula emocional. De pronto, aquellas noches de verano llenas de escenarios, luces y murmullos adquirieron otro peso. Empecé a reconocer la complicidad entre los músicos, los gestos mínimos que avisaban de un solo, las sonrisas que aparecían después de una improvisación especialmente arriesgada.
La ciudad misma parecía tocar al ritmo del festival. El vaivén del mar acompañaba los contratiempos de la batería; las conversaciones en las terrazas subían y bajaban como líneas de bajo discretas; cada esquina podía ser la antesala de un concierto improvisado. Jazzaldia no era solo un evento: era la confirmación de que el verano tenía una banda sonora propia, compleja y cambiante, igual que el jazz.
El oído se educa: de rechazo a fascinación
El viaje desde el rechazo hasta la fascinación fue, sobre todo, un aprendizaje de escucha. Primero viene la extrañeza: ese momento en que todo te parece excesivo, caótico, difícil de seguir. Después llega la curiosidad: empiezas a reconocer un tema que se repite, un estándar que vuelve, un motivo que se deforma y se rehace. Más tarde, casi sin darte cuenta, aparece el disfrute puro: ese instante en el que estás dentro del concierto, atento a cada respiración, celebrando cada giro inesperado.
El jazz, a fuerza de insistir, te enseña a valorar lo imperfecto, lo que se crea en directo y no se repetirá jamás. También te obliga a aceptar que la belleza no siempre es obvia, que a veces necesita tiempo, paciencia y una mente dispuesta a perderse un poco.
El legado de un padre y la memoria de un sonido
Con los años entendí que mi padre no solo me llevaba a Jazzaldia para compartir su música favorita; me estaba regalando una forma de estar en el mundo. Me enseñó a no cerrar la puerta a lo que, a primera vista, parece difícil, raro o ajeno. Me mostró que un solo de saxo puede decir tanto como un poema, que un acorde puede contener una biografía entera y que algunos silencios pesan más que muchas palabras.
Hoy, cuando vuelvo al festival y escucho un estándar de Miles o una balada que recuerda a Stan Getz, no solo estoy escuchando jazz: estoy escuchando conversaciones antiguas, paseos hasta el escenario, aquellas protestas infantiles que se disuelven en la memoria y se transforman en gratitud. El jazz se convierte así en un archivo vivo de momentos compartidos.
Jazzaldia hoy: nuevos oídos, nuevos caminos
El festival ha seguido creciendo, ampliando horizontes, mezclando géneros y generaciones. Lo que comenzó para muchos como una cita de entendidos se ha convertido en una celebración abierta, donde conviven quienes saben de armonía modal y quienes solo quieren sentarse frente al mar a dejarse sorprender.
Cada edición es una oportunidad para que alguien viva su propia conversión: ese niño al que han traído casi a rastras, ese adolescente que mira el escenario con escepticismo, esa persona que cree que el jazz es demasiado complicado para ella. En algún momento, un solo, una voz, un acorde quebrado hará el clic. Y, sin saber muy bien por qué, se quedará escuchando.
El jazz como forma de mirar la vida
Más allá de los nombres propios y la discografía, el jazz que se respira en Jazzaldia deja una enseñanza silenciosa: la vida, como una buena improvisación, no se puede controlar del todo. Hay notas que se escapan, errores que se convierten en hallazgos, caminos que se abren cuando parecía que ya estaba todo dicho.
Aprender a escuchar jazz es aprender a convivir con lo imprevisto, a disfrutar de lo que no estaba en el guion, a entender que el valor de un momento reside precisamente en que no puede repetirse. Y quizá por eso, cuando cae la noche y el último acorde se disuelve en el aire salado, uno siente que ha asistido a algo frágil, irrepetible y profundamente humano.